
Juglar coruñés de los años cincuenta y sesenta, a quien muchos recordamos como animador incansable de jolgorios sin trascendencia, cuando el perseguido, pero nunca definitivamente prohibido Carnaval, nos llegaba en los finales de febrero o en los primeros de Marzo con aires de música callejera o de fiesta en sociedad.
Con puntualidad de calendario, año tras año, Canzobre y sus muchachos salían a la luz del día y a la luz de la noche, que entonces la noche estaba iluminada, con las armas inocentes de un bombín, un plexiglás, una guitarra y una canción. Y, eso sí, un gráfico mural que explicaba la historieta con dibujo y letra, de lo más importante que había sucedido en La Coruña dentro de lo que por aquellas calendas de censura se podía decir. Que era mucho, por cierto, casi todo, si se sabía decir con cultivo de buenas formas, de “reglas de juego”, y hablando el lenguaje de una sana crítica de lo cotidiano. Mientras Nito hacía algo parecido en los escenarios del “Rosalía”, Canzobre se iba por las calles, a ritmo de “marchita” o de “cha-cha-cha”, según argumentos, para recordarnos los olores del río de Monelos, la suciedad de la Dársena, los problemas del tráfico, o la belleza de las chicas coruñesas: “Os encantitos de Marineda”, “Ven hasta mi coruñesina”, “Flor de jazmín”.
Por aquel entonces, el Carnaval no existía oficialmente, pero haberlo, si que lo había. Se llamaba “antruejo”, que me parece la palabra más fea del idioma castellano, o “carnestolendas”, o “fiesta de primavera”, o algo así. El pueblo coruñés se volcaba en las rúas. Se organizaban comitivas uniformadas, había baile de disfraces en todas partes, y las “mascaritas” se paseaban por la ciudad entre las miradas complacientes de los guardias y el cachondeo de los transeúntes. Alguna trifulca metida en vinos llegaba a la Comisaría, pero nada más.
Canzobre era el jefe de un clan puntual, bullanguero y correcto hasta más no poder. Pedían licencia a la gente para actuar en la plazuela del Cine Coruña, o al pie del Obelisco, y se metían en las tascas concurridas para compartir el vino, las “tapas” y la alegría con los habituales contertulios del establecimiento. Recuerdo, por ejemplo, sus recitales en “Casa Enrique”, ante un pleyado de notables que conformaron el espíritu cultural de nuestra ciudad hace un cuarto de siglo: Mariano Tudela, Labra, Lugrís, Villar Chao, Garcés, Kaydeda…
Estábamos todos muy cerca de Canzobre, inmersos en su juglaría, palpando su mundo de fino humor, sus segundas y terceras intenciones, su saber estar y su saber decir.
Con Canzobre ha muerto, también, el viejo Carnaval Coruñés. Una forma peculiar de interpretarlo, de entenderlo, de conformarlo. Que algún día merecerá la pluma del historiador. Descanse en paz.
En la actualidad cuenta con un busto en la plaza del Parque y una calle que lleva su nombre situada entre la Calle de la Torre y el paseo marítimo Alcalde Francisco Vázquez muy cerca del domicilio donde vivió la mayor parte de su vida, en el número 136 de la Calle de la Torre.

La Comparsa Monte Alto a 100, en la ofrenda a Canzobre en 1997
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Ofrenda floral a Canzobre, en carnaval 2009 |
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Canzobre, bajo la Torre de Hércules |
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| Crónica de D. José M. Segura Domínguez en la revista MARINEDA, en febrero de 1996 |
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Coplas de Canzobre |
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